NO LUZ
  
Era el día y yo la noche. Y sin embargo yo temía al día.
El azar me había puesto allí. Un cúmulo de circunstancias me condujeron desde la niñez hasta aquella situación, encadenando paso tras paso, cada vez más inevitables, cada vez más oscuros y fatales, viajando como en una gigantesca e imparable cinta transportadora, hacia la ciudad sin luz.
Bien pronto me di cuenta del peso del vacío y el sabor amargo de las sombras. No obstante, no sabía que hacer, no se me ocurría absolutamente nada que me permitiera retroceder sobre mis huellas y regresarme a la luz. Y después fue peor aun. Mis desobedientes pies avanzaban imparables hacia la oscuridad. Transportado por una increíble fuerza, por un voraz e implacable poder, absorbido por un maligno agujero negro, mi cuerpo y mi hoy se dirigían inexorablemente hacia la no luz.
Ya casi no veía por donde me desplazaba y el pánico agarrotaba mis músculos y anulaba mi capacidad de pensar.
La negrura se volvió omnipresente y avasalladora. Al principio tuve miedo. Un miedo psíquico a lo desconocido, un miedo físico al dolor, un miedo existencial a la muerte, a dejar de existir.
Pasaron unos días y nada más sucedía. Eso me tranquilizó un poco. Solo proseguía la sensación de deslizamiento hacia lo más oscuro y el silencio que se acrecentaba cada día.
Creo que al final me acostumbré un poco. Me senté y me puse a pensa, a soñar, y siempre soñaba con el día. Con la luz.

Resulta extraño comprener lo negra que puede volverse la noche más negra, increíble cuanto puede crecer el silencio al sumarse a un silencio anterior. Creció tanto el silencio que ya podía oír el ruido de mi sangre al correr por mis venas, tanto que mis silenciosos pensamientos se fueron transformando en voces atronadoras, presencias sin dueño, dolorosas e ineludibles, retumbando en mis oídos y rebotando indefinidamente en las paredes interiores de mi cráneo como un eco macabro y lacerante.
Así que dejé de pensar. Deje de resistirme y finalmente permití a la fuerza que siguiera sorbiendo mi ser en dirección a la nada negra.
De pronto un pinchazo, un pensamiento lúcido - quizá el último - rasgó mi cerebro los segundos necesarios para hacerme comprender que este estado era peor que el dolor, el miedo a lo desconocido o la muerte.
Esto es no ser. Es no vida y es no muerte.
Lloré mucho o poco, no lo se, más después, lentamente, acabé por serenarme y conseguí dejar de pensar definitivamente a fuerza de concentrarme en contar latidos, como última forma además de asegurarme de que estaba aún vivo.
Conté miles, millones de latidos oscuros y sordos, amortiguados, pausados, lentos. Conté montañas de latidos silenciosos e inútiles. Incluso después de haber perdido la cuenta de ... ¿cuantos latidos había dicho? … una y mil veces, seguí absorto y obsesionado, contando latidos.
En un lugar indefinido, sin límites ni esquinas, sin recovecos ni aristas, un sitio ni blando ni duro, ni cálido ni frío. En ese lugar negro abandoné mi negro cuerpo y rendí al fin mis finales esperanzas al poder absolutamente opaco.
Debí dormirme en algún instante, o no debí dormirme, no se, lo cierto es que no recuerdo nada más. Hace tiempo, mucho tiempo que no permito a mi memoria ni a mis pensamientos circular libres por mi cerebro. Cual orines o detritus elimino los vestigios de consciencia a través de mis dedos doloridos, que chisporrotean frenéticos en la oscuridad, golpeando a ciegas y mecánicamente este teclado, y cumpliendo así con la nueva necesidad fisiológica en este reino del silencio negro y del abandono final.
Y es precisamente ahora - tarde - que te presentas tu y me ofreces una posible salida, una escapada arriesgada, una sonrisa incierta, … quizá un resquicio de tu luz…

Ahora que no me quedan fuerzas.
Ahora que perdí las esperanzas.
Ahora que me volví tan cobarde, desconfiado e incapaz de amar.
Ahora que devíne en un ser visceralmente feo e inane.
Ahora que soy también la no-luz,
Ahora que ya no me quedan lágrimas.