La marquesina

 

Era la misma hora de siempre y el mismo bar de siempre. Al parecer, él era también el mismo de siempre.

Y pidió lo de siempre. Un café y una copa de un económico,  aunque decente, brandy catalán.

Sin embargo en el exterior del edificio, algo provisional alteraba sutilmente la rutina. Al llegar se había visto forzado a esquivar una maraña de puntales, colocados unos de otros a escasos cincuenta centímetros, que sostenían un andamio.

Al parecer, estaban reparando y repintando la vetusta fachada del inmueble,  con una combinación de ocres y granates que intentaban, sin demasiado éxito. devolver al edificio su antiguo donaire.

- Al menos estaba quedando decente y limpio, estaba que daba pena -  pensó, mientras traspasaba mecánicamente la puerta.

Los parroquianos del bar también parecían ser los de siempre, o al menos ninguna novedad llamó su atención.

Estos, aparentemente ensimismados en la aledaña partida de cartas o de dominó, en el gigantesco televisor, en sus cosas, o - lo que quizá era mas probable -, concentrados y absortos, pensando profundamente en nada, parecían estar dejando transcurrir el tiempo pausadamente, como aquel que está esperando un tren con destino no desdeñado, de puntualidad incierta y demora deseada.

En el Monterrey, conseguir el periódico era una especie de operación comando, solo apta para los más impenitentes y avezados, ya que a pesar de la apariencia plácida del lugar y la del personal allí extrañamente convocado, muchos guardaban una imperceptible vigilancia sobre las páginas del Mediterráneo y su momentáneo tenedor, control estricto y preciso, hasta el punto de saber exactamente la página por la que el diario se encontraba abierto.

Y ello, tanto en el caso de que el temporal derechohabiente estuviera leyéndolo y fumando ensimismadamente, como en el también común, de que éste se encontrara con el periódico sobre el mostrador, abierto entre sus brazos, delimitando el territorio, más sin mirarlo siquiera, mientras se hurgaba los dientes con la segunda punta de un palillo manchado y plano o conversaba con el casual vecino sobre el partido del día anterior.

Para el caso, daba igual.

La pertenencia del periódico era sagrada mientras éste se hallara abierto, y nadie osaría en semejante situación, solicitarlo reclamando el turno, y mucho menos capturarlo subrepticiamente en un descuido de su poseedor.

Tras unos minutos tensos, en que no se sabía si el supuesto lector estaba leyendo los titulares de deportes o si no, - aunque por su expresión, parecía encontrarse ante un jeroglífico indescifrable o resolviendo alguna empírica cuestión, - éste por fin cerró el periódico y lo dobló por su mitad.

Esta era la esperada señal.

Max, miró un segundo de reojo, no fuera que alguien se adelantara, ya que resultaba un tanto patético quedarse con la mano en el aire proyectada y con expresión de tonto, mientras se observaba como otro se adelantaba por escasos centímetros. Y esto,  aunque el más rápido cediera el pliego seguidamente al segundón, como imponían los buenos modales, y que este, como también era obligado, renunciase agradecido a tanta amabilidad.

Así pues, Max se empleó a  fondo y asió el diario justo a tiempo de ver como a unos escasos 2 metros, otro parroquiano se daba la vuelta, con la mirada baja, entre resignada y ofendida, entre sumisa y cabreada, volviendo silencioso a su asiento originario.

Con todo este entretenimiento, el café estaba ya helado y la copa de Torres cinco algo más que mediada.

Max, encendió su tercer cigarrillo, - que después en el trabajo no podría fumar - y se dispuso a leer rápidamente los titulares y quizá algún artículo que llamase su atención, aunque realmente lo que le apetecía era recrearse en la lectura por el solo hecho de prolongarla, fijándose incluso en los edictos institucionales de pié de página o en las convocatorias de juntas de accionistas redactadas en letra diminuta, para así, de tanto en tanto, gozoso, observar las subrepticias y constantes miradas de soslayo de sus conparroquianos, siguiendo impacientes el progreso de su lectura.

 Al poco entró Juan, que estaba un poco chalado. O un mucho.

Tras sentarse a sesenta centímetros de Max, apoyó sus brazos sobre la metálica barra y se le quedó mirando.

Juan había adquirido la voluptuosa costumbre de pedirle algo cada vez que veía a Max. Esta vez fueron dos cigarrillos, - uno para ahora y otro para después -. Otras era que le invitara a un café, o unas monedas, eso si, tras la más formal promesa de no gastarlo en vino ni en cerveza, que no le sentaba bien.

En seguida, Juan se puso a hablar con su voz de Pato Donald, o mejor a liberar sus pensamientos en voz alta, buscando provocar como fuera una conversación.

Aunque ni le había mirado, Max, sabía que el discurso estaba enteramente dirigido a su atención. Le explicaba en voz alta, que el ansia de ese hablar descontrolado que sentía escapársele alocado, no era consciente ni producto del alcohol, sino provocado por esa solución química de mierda que le recetara el medico del seguro, y día si y día no, le obligaba a inyectarse la Asistenta Social.

Max intentaba hacerse a su vez el enajenado, para ignorar el discurso desatado que no dejaba de resonar en sus oídos, colándose justo por la línea que separa las percepciones conscientes e inconscientes y que a él le resultaba imposible de ignorar.

No podía dejar de oír el soniquete impenitente y de escucharlo machacón y repetido clavándose en su mente, y aunque estaba ya en la pagina tres del periódico, no había conseguido concentrarse,  ni se había enterado de nada de lo que ponía en él.

Tan alterado estaba ante la plática vecina, que estalló desmesurado, y abusando de su supuesta superioridad mental, rogando a Juan en un tono paternal y autoritario, que se callara de una vez, que hoy tenía ganas de leer, y que no había tabaco ni "pelas",  que - ya está bien. -

Así llegó a la página donde se daba cuenta de los sucesos provinciales destacados, ocupando un gigantesco titular a dos líneas una frase: " Una mujer muere en Villarreal, tras caerle en la cabeza un ladrillo de una fachada en reparación"

Más por concentrarse y aislarse que por interés verdadero, leyó el artículo letra por letra, y así se enteró, de que "María F.B. residente en Villarreal, aunque natural de Cervera del Maestre, falleció en el acto y en medio de un charco de su propia sangre, tras caerle en la cabeza un pedazo de marquesina, en unas obras de reparación de una fachada, en la calle San Abdon nº 20 de Villarreal. El juzgado está realizando las investigaciones pertinentes para averiguar, si las normas de seguridad eran las exigidas por la ley, y en su caso determinar las responsabilidades pertinentes. Informa J.V. Bayarri."

Max, pensó un instante en la fragilidad humana y en la debilidad de los sueños, que sin duda albergaría dicha María F.B. hasta el mismo instante, o quizá incluso hasta unos segundos después, de que tal meteorito impactara en su testa.

Pero, tras pasar la página, lo olvidó todo, accediendo a la sección de Internacional, donde su mente se vio ocupada en desgracias menos vulgares, pero mas livianas, mas impersonales y abstractas. Mas lejanas.

Que si Sadam, que les vuelve a hacer la puñeta a los de la ONU. Que si Clinton quiere blanquear manchas a misilazos. Que si Milosevich tal, o Pinochet cual,  ... y todo ello abonado con profusión de fotos espeluznantes,  que en blanco y negro y un tanto desenfocadas, - menos mal -.no acaban de impactar a menos que uno se fije en ellas un segundo de más.

Se saltó la página de Deportes, tras advertir lo cabreados que estaban los socios del Barça con su entrenador y que el Benicarló ganó al Vinaros en su feudo por cero a dos, para llegar a la página de programación televisiva, y así enterarse de la nocturna para el día, a ver qué había de interesante, fijándose en los invitados alienígenas del Sr. Sardá,  aunque a mitad abandonó el rastreo de sus preferencias,  al recordar que en casa era su mujer quien ostentaba el regio cetro del mando del televisor, y esa noche, tras un pequeño y simulado forcejeo, tocaba claudicar pues, ineludiblemente había que tragarse  "Tómbola" en el Canal 9.

Lo Malo de este periódico era la página final.

Cuando uno esperaba encontrarse con la excusa perfecta, para prolongar la lectura un minuto más y recrearse en el contenido de la contraportada, indefectiblemente se encontraba con una página de Publicidad. Además siempre era la misma, por lo que no cabía hacerse el tonto releyendo una hoja de propaganda de Tresillos "no se que", que ya apareció ayer y anteayer. Y el otro. Con el mismo  texto, fotos y rancios colores,  y en el mismo lugar.

Miró el reloj.

Se había pasado en tres minutos del lapso que se había adjudicado para tomar  café, y al tiempo que sus posaderas empezaban a descender del taburete de Skay negro, observó como un vecino entusiasmado, haciéndose a su vez el descuidado, bajaba rápidamente de su asiento dirigiéndose con ralentizada celeridad y los ojos un tanto alborozados, en dirección al lugar en que se hallaba descansando - ya sin dueño - el periódico del día, doblado y manchado de café.

Sin hacerle el menor caso, Max se dio media vuelta y enfiló la puerta de cristal.

Lo que vio, inconscientemente, fue el redondo y gigantesco - mas de 20 centímetros - punto de atención de color rojo, estratégicamente colocado por el dueño a la altura de la cabeza y en el centro de la puerta de cristal sin marco, pues se ve, que algún parroquiano ya se debía haber dado el leñazo padre, de tan transparente como la Sra. Lucía - la encargada de limpiarlo - lo dejaba cada mañana.

Traspasó la puerta y al instante se percató de la nueva barrera que se herguía ante él.

La tupida fila  de tubos de metal oxidado, que sostenían el andamio, - recordó, - empleado por los obreros que reparaban la fachada.

Se detuvo, - no se si en seco o en mojado - mas sus zapatos negros y desgastados se aferraron  a los cuadros dibujados en la acera, como si en ello le fuera la vida.

De pronto los ruidos se agigantaron, y escuchó el repicar de una piqueta golpeando la fachada y desprendiendo pequeños restos de cemento y de pintura ajada, que caían como nieve por la suciedad manchada, resbalando por fuera de la negra red de protección hábilmente colocada, con un ruido, como de un liviano cosquilleo, entremezclado con los ritmos y los cantos del obrero que unos metros mas arriba trabajaba.

Recordó el artículo del periódico y a María F.B. con la cabeza descerrajada de un ladrillazo inesperado, y no pudo evitar pensar en qué iniciales le pondrían, si él cayera fulminado de tan absurda manera.

Miró a su derecha y a su izquierda, e incluso desplazó su cuerpo atolondrado, unos centímetros en la acera, viendo de decidir cual sería el lugar mas apropiado para cruzar sin riesgo exagerado, y pensando atolondrado, se le ocurrió seguidamente que debería haber dejado escrito un mensaje para sus hijos, que estos supieran como era realmente ese señor que era su padre y aunque nunca se lo había dicho, lo mucho que les quería.

Y otro para su esposa.

O quizá no, que una vez muerto, una mierda le importaba lo que ella pensara - que la zurzan - ya que nunca paraba de hacerle la puñeta y ya estaba más que harto.

Y a su amante, si. Que cara le quedaría si él aquí la espichara, y además de forma tan absurda y tan siniestra, que hay que ver, no somos nada. Y aunque, ¡qué buen polvo tenía!, maldita la falta que le iba a hacer una vez dentro de la caja, y además, seguro que lo hace solo por interés. Así pues, también, que la den.

Eso si, que lástima el huertecito heredado de su abuelo. Lo acababa de abonar y prometía dar buenas naranjas el próximo invierno. Con el trabajo que le había dado y la distracción que suponía. ¿Quien se iba a beneficiar de las hermosas naranjas?. Y además, seguro que sus deudos lo vendían y compraban con el dinero un coche nuevo, que hacía ya mucho tiempo que no paraban de darle la tabarra.

Además, si la palmaba, se iba a descubrir el pastel de esa cuenta secreta que tenía en un banco, solo a su nombre, donde realizaba los ingresos procedentes de las ventas "B", más que por Hacienda, para tener unos recursos privados y que así no se enterara su mujer de lo que se gastaba en sus juergas, las que ella sabía y las que si se imaginaba, no decía.

Llevaba ya demasiado tiempo allí, arriba y abajo, indeciso, dando pasos imprecisos, meditando,  cuando vio en la acera de enfrente a un abuelo, - de los de antes,- con boina, faria y un cayado, apoyado en la pared, mirando, entre divertido y extrañado, las maniobras que él realizaba, - ahora camino, ahora me paro -, tras los tubos del andamio sin atreverse a abandonar la protectora marquesina.

Y eso le puso aun más nervioso.

Recordó en ese momento, sin saber porqué, que aun no había renovado su carné del club de fútbol de la localidad - que era una pasta, - y lo que se iba ahorrar si palmaba y ya no necesitaba volverse a abonar.

Se dijo que eso era absurdo, que qué coño le importaba a él ningún ahorro una vez frito, que le daba igual la calidad de la madera de la caja o el acabado de la lápida que le fuera a emparedar y las flores del día de todos los santos - de plástico, seguro el resto del año - y las malditas visitas de su esposa Carmencita, que seguro, a base de reproches y públicas lloreras, le iba a hacer revolverse en sus cenizas, en sus huesos y pellejos o lo que finalmente fuera a ser.

Volvió a levantar la vista, y el abuelo de enfrente, ahora ya descaradamente, ponía una cara la mar de divertida.

Debía resultar en verdad ya un curioso espectáculo, verle allí clavado y murmurando,  sin saber que hacer.

Evaluó la situación,  y ya que nada veía de lo que pasaba arriba, en el elevado andamio, afinó los oídos para escuchar de donde procedían los ruidos y se percató que venían de la parte izquierda. Así que, ya más decidido, se dirigió hacia la derecha, al extremo donde la esquina se doblaba siguiendo la calzada, el mas alejado de la obra empinada.

Miró la acera de enfrente y tomo aire. Se concentró, y no se puso en posición de atleta velocista, porque vergüenza le daba, más se dispuso a cruzar a toda velocidad los metros bajo el andamio, hasta alcanzar la meta en forma de verde papelera anclada siete metros al otro lado de la calle, para una vez allá, ya a salvo, continuar la vida como si no fuera con él.

Y arrancó a correr. ¡Vaya si arranco!.

Saltó como un gato acosado por un perro, como si le diluviara en exclusiva o cayera una pedregada de las escandalosas persiguiendo sus pasos. Como si huyera perseguido por la tercera parca.

Y así debía ser, pues no escucho el -¡Ojo!- precipitado que el abuelo de la boina y  el cayado y la faria apagada, ahora ya espantado, le gritaba, ni se percató de veloces y cercanos movimientos, ni oyó el ruido del motor acelerado.

De tanto como esperara, resulta que esperó el momento preciso y necesario, el que estaba escrito de antemano, ya que por allí pasaba a toda velocidad el Volvo rojo y desvencijado, - al menos de quinta mano -, el de Pepe el " el cerrajero ", conducido por su imberbe sobrino de dieciocho años, corriendo - como siempre - demasiado,  que de tan repentino como el cuerpo se le vino encima, ni le vio.

Y, - sin tiempo de frenar, - de lleno le atizó con el borde anguloso del capó,  dos centímetros bajo la línea que marcaba la correa del pantalón, rompiéndole en el acto la cadera, y despidiéndolo desmadejado contra el ángulo metálico de la cabina telefónica de enfrente, en que impactó la cabeza de Max sonando como un coco al ser cascado, y desde la que, rebotando de forma inverosímil y acrobática, dando volteretas en el aire como un trapecista, Max voló para estrellarse ruidosamente, contra el escaparate de la tintorería recientemente abierta unos metros a la izquierda, en la que penetró, astillando sus cristales relucientes,  los que finalmente le habían de rajar, de un solo tajo el corazón.