La visita (Rebelión en la granja)
Fiel a su cita,
pasado otro año,
me visitó el diablo.
Dijo que ya han abierto las espitas
que liberan las aguas ponzoñosas
y que, definitivamente, Dios,
nos ha olvidado.
Una vez más, me pidió el alma,
- que estorba tanto, en su siega,
el grano como la paja. -
Sí, otra vez, en garantía,
me requirió urgentemente, el alma
y esta, yo, le puse un precio:
-Te cambio tu alma, por mi alma.
Y te maldigo por volverme
sordo y ciego, mudo y blando.
Aun más, yo te abomino, te detesto,
pues con tu azufre y con tu sal
infestaste mi huerto de quejidos y de cuervos.
Más ¡ay, segador maligno!
a pesar de ese dolor
no me doblegare a tus asechanzas.
Fiel a su cita habitual,
afable y sonriente, muy atildado,
compareció el diablillo
encargado de adularme.
Y me ofreció tabaco,
y un bolígrafo.
Y me anunció la posibilidad
de comprarme, a buen precio
los pétalos exhaustos,
los alaridos secos y yacentes,
los fantasmas tristes y ateridos
de mis campos yermos.
¡Ay, que el hambre me arrincona,
y no encuentro ya almohada
donde reposar mi ser desfallecido!
Su silbido de serpiente
se disfraza en la voz de mi amada,
caracolea en mis oídos
y me regala los sentidos
con su música de gala.
Sus caricias de dilapidador tirano,
despiertan en mi tedio enflaquecido
la lujuria y la codicia,
en que saciar el desaliento.
Si, hoy vino a mí, de nuevo,
a su cita, puntual,
el diablo,
y mañana, o tras un año
seguro, ha de volver,
Mas yo, que nada poseo
salvo, estéril, el orgullo
de ser Quijote y de ser Sáncho.
Yo, que nada tolero
más que ese sol que me ajusticia
y esa luna que me templa con su fuego frío y blanco.
Yo, que nada tengo ya, más que irredenta,
la conciencia aceptada del pecado.
Yo,
que ya no me callo,
violentamente cuerdo,
elegí
cual será mi camino al averno.
Y cuando sea el mismo Dios, quien me convoque,
me arrodillaré ante él,
complacido de que exista.
Y cerrando mis ojos, para no manchar su luz
con mi mirada envilecida,
le abriré mi corazón,
descarnadamente,
incluidas las purulentas llagas
y las terribles estocadas
que me causaron las preguntas, desesperadamente
a Él izadas
que aun hoy vagan, abatidas, (sin respuesta).
Después, y ya descalzo,
le desnudaré mi alma
llena de errores y de manchas,
de silencios, de miedos y de encarceladas lágrimas.
Y sin ponerle excusas al dolor o a la tristeza
que en vosotros un día yo causé,
sin escudarme en la ignorancia
o en la falta de fe,
cuando acallé aquel grito que en mi silencio agonizaba.
Sin perdonarme por el beso que, darte, tanto deseé
y jamas posé en tus labios,
sin disculparme ya más
por mi locura o mi tibieza,
ni arrepentirme por cuanto erré por ser humano,
aceptaré, de su mano,
si lo manda,
eternos, los infiernos
para allí, para siempre ya, gozar
de su bendita certeza.
jmavilab 161456 - 280557