Clara
Aquella mañana de sábado, despertó inesperada e inoportunamente temprano para lo que había previsto la noche anterior, y a pesar de que aun se sentía bajo los sopores heredados de las pocas horas abandonadas a Morfeo, y a que intento repetidamente volver a sumirse en sus brazos, le resultó imposible.
No supo si le irritaba mas la persistente tos del vecino del piso de al lado, que apuñalaba sus oídos penetrando insistentemente por la ventana abierta con la persiana a medio bajar, o la luz que poderosa ya a esas horas, se colaba a través de la misma abertura, o el parloteo mecánico del locutor del noticiero especial que daba cuenta en el televisor de los últimos mítines electorales del día anterior. Lo cierto es que el sucederse en desordenada y repetida cascada de las toses, las voces y la luz cegadora a sus ojos aun cerrados, unido a su sordo dolor de cabeza, consiguió ponerle lo suficientemente nervioso, como para impedirle que volviera a conciliar el sueño.
Solo era consciente del hielo que le recorría la espalda y le entumecía los brazos y los hombros, concentrado en el sudor producto del calor pegajoso de una noche del final del verano, ahora ya enfriado al relente de la mañana, que parecía condensarse especialmente allá donde mas le dolía, bajo el pelo de su nuca apoyada en uno de los brazos del sofá.
No le resultó extrañó el lugar en que dormía ni se apercibió de la ausencia del cuerpo de Clara a su lado hasta pasados unos minutos, los que precisó para que su mente también abotargada, despertara el mínimo suficiente para empezar a tomar conciencia de su propia individualidad.
Su mujer aun no había cumplido los 35, y cuando la observaba en mitad de alguna de sus frecuentemente desveladas noches, la encontraba bella, - mas por los recuerdos que por las presencias - y ello pese a los muchos días de convivencia acumulada, cada día mas impracticable.
A pesar de que desde hacía ya unos años arrastraba un continuo y creciente estado de apatía e indolencia, si la miraba con atención mientras dormía en el silencio de la noche, así tan desvalida, aun le enternecían los recuerdos al contemplar su rostro ovalado y su corta melena negra, reposándole revuelta sobre los verdes ojos que un día le enamoraron y le hicieron soñar con un cielo exclusivo y virginal y una vida nueva.
En algunos de aquellos momentos de dulce duerme-vela desarraigada, poseído su cuerpo del ardor de su sexo reprimido demasiados días, había sentido acuciante el deseo y la tentación de acariciar su esbelto y frágil cuerpo con ternura, de mimar con sus manos los pequeños y morenos y redondeados pechos y rozarle los pezones que se adivinaban erectos por el frío de la noche a través de la tela del fino camisón, o de abrazar sus desnudos y huesudos hombros encogidos sobre el cuello para prestarle el calor de su cuerpo, y luego deslizar su mano por debajo de la liviana sábana y acercarse ansiosamente a su lugar secreto - y prohibido - a propiciarse y propiciarle a su compañera una ardorosa duermevela y un dulce y amoroso y simbiótico despertar compartido y cómplice.
Como era antes, cuando estaban cuerdos.
Pero no lo había hecho.
Hacía mucho tiempo que no profanaba la aparente paz o la convulsa a veces, agitación de su sueño, porque ella era ya una extraña para el, y paulatinamente se habían ido alejando el uno del otro y levantando, con silencios y aparentes y oportunas somnolencias e indisposiciones o urgentes ocupaciones o tardías aficiones, una muralla en el centro de la cama, y una magnética coraza de polos opuestos, que siempre llevaban puesta, hasta en la ducha, y parecía forzar a sus cuerpos a repelerse.
Y se sentía inseguro.
Y tenía tanto miedo de tocarla como de no tocarla.
Clara había partido el Jueves anterior en viaje inexplicable y gratuito, y realmente no le importaba demasiado su marcha.
El la había aprovechado para reinstalarse mínimamente en la casa como si verdaderamente la sintiera suya, desordenando descuidadamente y sin premeditación cuanto encontraba a su paso, jugando a cantar por el pasillo sin temer que le llamaran loco y ella le preguntase si le preocupaba algo, o sintonizando en el receptor de radio su programa favorito con el volumen necesario para no tener que desplazarlo en su peregrinación desde la habitación al baño y después a la cocina y otra vez a la habitación, o mejor seleccionando a la sensual Mónica Naranjo hecha CD alborotado en Palabras de Mujer, palabras unas veces susurradas y otras gritadas ardientemente, en pirueta perfecta pero siempre apasionada, para luego insertarla en la negra y triple lengua de su equipo de música, con el volumen a todo caño, dándoles el peñazo a los vecinos, para sentarse después a disfrutarla en la taza del aseo con la puerta abierta, sin recelar de que nadie viniera a reírse de la cara que metía o el ruido inevitable y divertido que producía en tan primaria, necesaria y desarmada tesitura.
Pensó unos minutos en Clara, y en todo el tiempo vivido a su lado, y lo hizo percibiendo aún en su pecho el calor de los escasos rescoldos reposando y agotándose ya sobre las cenizas cruelmente heladas de lo que fue un amor compartido, pero ya casi totalmente consumido y moribundo, en extraña mezcla estas sensaciones con la inherente tristeza y amargura de su azorada situación anímica interior.
¡Que lejos quedaban aquellos días en que al estar con ella le llenaba completamente su maliciosa risa, aquellos tiempos en que le robaba minutos al sueño, al trabajo, a los amigos y a sus libros para vivir con ella instantes infinitos y plenos, y juegos inocentes o prohibidos, perfectos en si mismos y que nunca requerían explicaciones ni preparativos que los justificasen!
Ahora todo era diferente y complicado, y cada palabra, cada gesto, cada insinuación era afrontada con mil porqués a sus supuestamente subterráneas intenciones, o reproches a sus reprimidas y famélicas y desconsideradas necesidades sexuales.
Sin duda ella debía sentir algo parecido, e incluso admitía que pudiera tener sus razones para estar enojada por la aparente apatía con que el la trataba en liviana y patética convivencia.
Quizá incluso tuviera todas las razones, pero lo cierto es que no eran las razones las que le pesaban y asesinaban su hambre de amor, sino los sentimientos íntimos no respetados, los sucesos egoístas de los dos, que alternativamente se encadenaban seguidos e imparables como el tictac de un reloj cruel, y que a cada paso se retroalimentaban diabólicamente, volviendo la convivencia mas difícil e indescifrable y mas helada y distante a cada paso.
Le resultaba inexplicable como se habían encadenado las indiferencias y agrandado los vacíos, los espacios y silencios, como la coexistencia se había ido deteriorando y lo mucho que día a día, se habían ido alejando el uno del otro.
Ciertamente, ambos habían cambiado, y cada cual le achacaba al otro las culpas de cada portazo dado a la propia libertad sacrificada, a la vida y a la palabra, a esa palabra que no necesita de la voz o la expresión coherente para materializar el contacto, a ese contacto que solo precisa de una risa o un gesto laboriosamente fabricado a base de cariño o de una mirada transparente y confiada, siempre preparada para servir de reposo al compañero y confiadamente dispuesta a descansar en el otro las inseguridades, los anhelos y las inquietudes, y esa complicidad que respeta la libertad y el espacio ajeno, para que el otro respire a gusto y a sus anchas y se sienta libre para compartir la vida, esa mirada que confía siempre y nunca exige justificación en los inevitables errores y fracasos.
Ahora, desde el jueves, inesperadamente se encontraba solo.
La noche anterior había comprado unas revistas, aquellas que ella con un gesto silencioso, reforzado con su característico mohín hecho arrugando los labios, apenas insinuado, le reprobaba siempre o eso le parecía a el, y que por ello, hacía años había dejado de leer.
Se tiró en el sofá, y estuvo desgranado páginas y viendo la televisión sin cambiar para nada el canal, que poco le importaba, hasta muy de madrugada.
Había consumido algo de alcohol.
Primero probó con un Whisky en dudoso equilibrio su precio y calidad, que acabo por agriarle la mente y el estómago, y cuando pasada la medianoche el cuerpo le recordó que no había tomado bocado desde el mediodía, y localizó una bolsa de patatas "chips" abierta y unos pocos bombones abandonados en un rincón de la despensa, lo consumió todo acompañado respectivamente de unos pocos tragos largos a la botella familiar de coca-cola para calmar la sed, y repetidos culos generosos de un gran vaso rellenado con hielo y licor 43 para endulzar las horas.
Comió poco, bebió bastante y trasnochó mucho para hacerlo solo y en silencio, y lo hizo conscientemente.
Viendo indolentemente el último programa de la madrugada, a base de películas eróticas, dejó a su mente poseerse por las tetas y los culos, los penes y los gemidos metálicos del televisor.
Se arrellanó en el sofá y acomodó resignado sus esencias a la fantasía que burdamente le sugería la orgía mal representada, abandonándose progresivamente a las imágenes lascivas y extrañas y acabó haciéndose una paja, en la masturbación mas violenta y airada, mas frustrada y frustrante, allá frente a la pantalla parpadeante, inanimada e hipnotizadora, tirado en el mismo sofá recientemente conquistado en que cenaba frugalmente momentos antes.
Se corrió y eyaculó abundantemente, a plazos, en varias contracciones de amargo y doloroso placer, y en el descuido del espasmo final derramó sobre la alfombra el amarillento, cuajado y agrio y desesperanzado y viejo y cansado semen, justo en el momento en que la mas tetuda culminaba una inverosimilmente prolongada mamada a otro pésimo, - mas muy dotado -, actor secundario.
Así aplacó la necesidad que su sexo aletargado le venía urgiendo periódicamente, y él le venía procurando en solitario, mecánicamente.
Se sosegó de la misma forma que el cuerpo se sacia con el agua cuando se siente imperiosa y absoluta la sed, pero de ninguna forma colmó la ansiedad de caricias, su necesidad de complicidad y contacto piel a piel, la urgente perentoriedad de sentirse mimado, de creerse mínimamente amado por un instante, en íntima complicidad excusatoria de todo pecado, en medio de este mundo material.
Que equivocadas andan las mujeres cuando piensan que los hombres solo buscan un agujero donde meterla y vaciarse. Un hombre se vacía tan solo en el amor mas inocente, y al perderlo o al perderse, solamente en si mismo y en silencio, amargamente, se abandona completamente.
Y hoy, necesitaba agotarse.
Quería pasarse la mañana del sábado semiinconsciente en la cama, rendida y cerrada la consciencia a la vida por unas horas, así que siguió viendo el mismo film de sexo, ahora ya sin excitación ni ganas, y con algo de asco y compasión consigo mismo.
Vinieron después esos repulsivos programas, ya muy de madrugada donde se anuncian con profusión de demostraciones y colores y cuerpos perfectos y sonrientes impropios de la hora y el estado del paciente televidente, tanto cacerolas como aparatos de gimnasia o coloradas y futuristas máquinas cortadoras de césped y estrafalarias gafas de relajación, encadenados alternativamente con anuncios del 903, mas ni las curvas ni la voz melodiosa, sensual e hipnotizadora de la mujer de piel rosada y de escasa ropa, pudo con el tedio ni con el cansancio esta vez, y se acabo durmiendo en el sofá, la cabeza torcida, en amarga mueca la boca y colgando los brazos abandonados a la noche en inconcluso e inutil abrazo al vacío.
Por eso, cuando algo después de las 7 despertó y no pudo ya conciliar el sueño, se levantó con el cuerpo dolorido y entumecido y de un malhumor endiablado, más nacido de la frustración que de la rabia o el sueño perdido, y con un sordo e importante dolor en la cabeza hipnotizada por el ruido del incansable televisor.
Se encontraba fatal.
Cansado de la noche, del madrugón y de la vida y con un peso y un dolor en la boca del estómago que no sabía si era debido al cóctel de licores o al hambre acumulada. Se levantó dando un manotazo en la pared con rabia, más reprimiendo secretamente las fuerzas por miedo al dolor que pudiera producirse, que por temor a derrumbar el orden coqueto y militarizado de la contigua estantería.
Orinó aun legañoso.
Se preparó un escaso desayuno consistente en un poco de café soluble con leche, calentado al microondas y unas galletas María, algo reblandecidas.
Aun en camiseta y dentro de los mismos calzoncillos húmedos de la noche anterior, miró a su alrededor el condenado orden que reinaba en la casa, - excepto en el rincón que arruinara su vigilia de hacía pocas horas - y que el no se atrevía a romper definitivamente.
Las figuritas de cristal, en fila ordenadas meticulosamente, las plantas bien regadas y con las hojas abrillantadas una a una con un producto específico y natural que venden en las tiendas especializadas. Las floreadas y multicolores cortinas recién planchadas en cada ventanal, arracimadas pomposamente en suaves curvas barrocas. El piso reluciente, apenas rozado por donde sus pasos le habían conducido en sus peregrinaciones a la cocina, para vaciar rebosantes ceniceros comprados en una tienda de todo a cien - total para lo que son -. Los libros - sus libros - perfectamente alineados con el título mirando a la derecha, por orden de tamaño y de grosor, disposición ésta que variaba a cada nueva y frecuente adquisición, y que conseguía que los mismos estuvieran en permanente transumancia, estante tras estante y que él nunca encontrara el que buscaba. La sonora cristalería impecable y brillante, la misma que solo abandonaba su sitio en el aparador los días en que había visita de los suegros o el jefe o los amigos y se imponía vestir la mesa con las típicas sonrisas en plan familia americana y un vino de marca - no muy caro - comprado minutos antes y apenas enfriado.
Y la negra correa del perro con su cadena cromada y reluciente, perfectamente enrollada y colocada en el interior del cuenco que le hacía las veces de adecuado contenedor como si estuviera fabricado a su medida.
¿La correa del perro?
El no tenía perro, no recordaba que tuviera perro, nunca había tenido perro, es más odiaba a los perros y sentía por ellos un miedo incontrolable desde que siendo niño se le abalanzó un mastín enorme y él pensó que se lo iba a comer entero, sin darle ocasión de encomendarse al buen Jesús.
Después sus ojos se fijaron desganados de nuevo, en la nota de papel cuadriculado, escrita con pulcra letra de colegio de pago, - la de ella -, y colocada al lado del teléfono pisada una esquinita por un cenicero fabricado en plata repujada - de adorno éste -, no fuera a volar el papelito y se perdiera y se olvidada él de los encargos.
La nota que ya había leído ayer y anteayer y mil siempres, que recordaba de memoria y no obstante recorría con sus ojos incrédulos una y otra vez cual si se tratara de un guión inexplicable de Buñuel:
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"Cariño:
Te he dejado en la nevera algo de comida preparada, berenjena rellena, unos sobres de arroz tres delicias y spaguetti carbonara, y en el congelador raciones individuales y variadas para toda la semana.
Te he comprado flanes de huevo al limón, que se que te gustan, ya ves que pienso en ti. No los vayas a dejar caducar.
Cuando llegue a la Luna llamaré a mi madre, ella te dirá como me fue el viaje.
Acuérdate de regar las plantas, día si, día no, y échales abono especial para el otoño, un tapón por litro de agua una vez a la semana, ya sabes.
Deposita por favor la ropa blanca sucia en el cubo verde, y la de color en el marrón, y acuérdate de bajar la basura, que los olores se penetran por toda la casa y después cuesta horrores hacerlos desaparecer.
Llama al cerrajero, pues parece, que la cerradura de la puerta de la calle no anda bién.
La asistenta ya tiene mis instrucciones y vendrá los martes y los viernes a poner un poco de orden. Se amable con ella, por favor.
Recuerda que tenemos unos carretes de fotos a revelar; recógelos y no te olvides de pasar por la tintorería.
Si llama Felix, dile que ya le llamaré yo.
Besos, Clara."
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La nota parecía haberse puesto ya amarillenta y se diría que ella había marchado hacia siglos, que no había existido mas que en sus pesadillas un tiempo, y un tiempo en sus sueños.
De pronto, sintió ganas de devolver.
Corrió a escape hasta el lavabo de servicio y vomitó todas sus necesidades, todas sus angustias y sus miedos, el Whisky, el licor cuarenta y tres, y la pócima americana, las patatas chips mal masticadas, los bombones, el café con leche y las marías pasadas, sus salivas mas amargas y sus primeras quimeras hacía años olvidadas, mientras sentía como las abrumadoras e imponentes paredes y techo del escaso aposento se abalanzaban sobre sus ahora tan menguadas dimensiones, contorsionadas entre espasmos y arcadas sobre el WC e intentaban aprisionarlo, encarcelarlo y estrujarlo.
Con el final de las náuseas mermó la sensación de ahogo y opresión, o eso le pareció.
Primero se limpió someramente con metros del floreado y verde papel higiénico que fue depositando en el interior del WC, que obturado, casi se rebosa al tirar de la cadena.
Se lavó la cara después con la mano derecha, mientras dejaba colgar la izquierda inerte a lo largo del pedestal, y en el reloj de pulsera sonaba la alarma no desconectada que le recordaba sus obligaciones de los días vestidos de luto en el calendario y en la mesilla de noche mágicamente despertaba el grillo del despertador Radio-Reloj de Clara al unísono con Luis del Olmo en un programa " Especial Jornada de Reflexión" previo a las elecciones de mañana.
Tras incorporarse un poco mareado y respirar ruidosamente, hizo gárgaras para quitarse el mal sabor de la boca e intentar aclarar sus ideas mientras observaba el plafón del techo lleno de esqueletos de moscas aprisionadas y muertas de hambre o asfixiadas de calor en su interior.
Eran casi las ocho de la mañana
Se vistió, desganado, con lo primero que encontró: pantalón ancho de un chandal azul y algo pasado de moda, pero de afamada marca, que ella le regaló, la misma camiseta de tirantes también azul que ya llevaba y una chaquetilla sin mangas y con muchos colorines y bolsillos exteriores e interiores comprada en un rastrillo hippie.
No se ducho, ni se lavó los dientes, no tenía ganas
No se afeitó.
Repasó después sus pertenencias, antes de salir.
La cartera con la documentación y las tarjetas y algo de pasta y un preservativo marca "por si acaso" planchado y caducado desde hacía años, su envoltorio descolorido, desgastado de tanto esconderlo en el bolsillo secreto con cremallera, oculto en el más recóndito rincón de su cartera, las llaves del coche que pagaba a plazos y las de la casa recientemente liquidada la hipoteca, el tabaco negro aunque de importación, el empezado y un paquete entero de repuesto, el encendedor barato con publicidad del taller donde solía pasar el Fíat las periódicas revisiones y ... ¿Donde habré metido las gafas de sol?
Las encontró, en su sitio, el que ella las había asignado. Justo donde el, obedientemente había aprendido a olvidarlas también.
Recordó que le tocaba hoy regar las plantas y se maldijo y las maldijo en voz alta y hasta las amenazó prepotente y airado, en un momento poseído por su manifiesta o aparente superioridad de especie y ante la imposibilidad de que huyeran atadas como estaban sus pies hechos raíces clavadas en la tierra, resistiendo no obstante la tentación de llenar las macetas de amoníaco, sal y escupitajos.
Se anudó mejor las rozadas zapatillas que no se había quitado desde el día anterior, y se dispuso a salir a la calle y a la vida.
Primero, no estuvo muy seguro de lo que estaba sucediendo; Colocó la llave y la giró, dos vueltas y media hacia la derecha, como siempre, abrió la puerta lo justo para deslizar su cuerpo, y cuando tras retirar el llavero se dispuso a salir, la puerta, de improviso se cerró violenta y estrepitosamente en un sorpresivo portazo.
Será el viento o la resaca o un espasmo involuntario, incontrolado de mis brazos aun inanimados y heridos por el frío y el silencio de la noche, pensó.
Y lo intentó de nuevo.
Esta vez, bastó un cuarto de vuelta y la puerta, con cierta resistencia como si estuviera magnetizada o perezosa o enfadada, se abrió.
Tuvo el tiempo justo de apoyar la mano en el marco antes de que esta se cerrara de nuevo aprisionándole cuatro de sus dedos, los que retiró lacerados, gritando entre sorprendido y asustado mientras repentinamente oyó en el televisor a todo volumen atronando ahora, la amarilla y gangosa voz del Pato Donald regañando a sus díscolos sobrinos.
Juraría que lo había parado. El televisor.
Reculó al salón y lo desconecto de nuevo oprimiendo el botón oportunamente colocado más a la derecha, iluminado con una pequeña y granate bombillita, y se paro un momento a observarlo atentamente por si se produjera alguna imprevista e incontrolada reacción.
Para mas seguridad desenchufó el cable y lo apartó lo máximo que pudo de la base. Se cercionó de haberlo hecho correctamente y se dispuso por un instante a escuchar el chisporroteo de la electricidad estática acumulada que le atraía tras tan prolongada velada, cada uno de sus pelos, mientras contemplaba la grisácea pantalla que le reflejaba fantasmalmente las empapeladas paredes, el sofá, la mesa de la salita revuelta y llena de revistas y vasos y ceniceros y la bolsa de papas vacía, la estantería con los libros fieramente formados, los elefantes de cristal alineados y su propia cara en deformada, estúpida y ovalada mueca.
Volvió a la puerta e introdujo de nuevo la llave con concentración.
Y Ahora lo supo con certeza, pues esta se negó a girar, a pesar que aplico toda la potencia, primero de una mano y luego de las dos, y gruñó un poco con cada esfuerzo.
Se sintió aun más intensamente pájaro enjaulado.
Como no tenía aceite lubricante mil-en-uno, o si lo había, (que seguro que lo había) no sabía del lugar en que se encontraba convenientemente guardado, probó con aceite de oliva, del que suele usarse en la cocina, 0,8 grados, por si se había encasquillado algún resorte en la cerradura empecinada.
Unto con un dedo goteante y repetidamente pringado la llave por ambas caras, y la introdujo de nuevo en la malvada hendidura.
Y probo a girarla de nuevo.
Nada, ni un ruido, ni un movimiento, si acaso le pareció oír lejana alguna burlona risa, escondida tras el recuerdo fantasmal del ruido que solían producir las patuflas arrastradas de la que quizá aun fuera su amada, cuando caminaba a hurtadillas tras él para espiarle, a ver que hacía.
Desanduvo los pasos justos, de nuevo hasta la cocina y cogió un cuchillo, el mas grande y resistente, casi descomunal.
Se preguntó con que intención abyecta o para que utilidad secreta y culinaria, Clara lo compraría, mas pensó que quizá fuera parte del regalo inconveniente, realizado por algún familiar lejano y olvidado conscientemente, aparecido sorpresivamente a última hora, muy sonriente, y autoinvitado a su ya lejana boda y al banquete subsiguiente.
Volvió a la puerta, arma blanca en mano, y un tanto divertido por la pinta que tenía y que le recordaba el espejo, de asesino de película de serie "B"
Lo asió con ambas manos y una gran dosis de concentración.
Introdujo la afilada hoja en el sencillo pestillo que aprisionaba sus esencias y aplico de nuevo todas sus inseguras fuerzas, haciendo palanca sabiamente en el mas débil rincón del cierre, que para algo se tiene la cabeza y uno ha ido a la escuela, forzando hasta el límite la curva férrea y plateada hasta que el cuchillo, en un chasquido herido, se rompió entre las ahora carcajadas de la cerradura de seguridad, yendo a caer, cual cristal de desamor herido, hecho pedazos a sus pies.
Se sentó en el suelo, a pensar. Eran las 8 y veintitrés minutos.
Y entonces lloró un rato.
Tras serenarse, regresó al cuarto que hacía de trastero.
Aunque era un manazas, sus deberes conyugales y su impuesto prestigio de macho y cabeza de familia, rol que en lo que suele significar nunca había deseado, le exigían también ocuparse del bricolage ocasionalmente.
Y rebuscó entre la caja de herramientas el mas fornido y amenazante destornillador, fabricado en Hon-Kong, a base de una aleación de Cromo-Vanadio y garantizado de por vida, según rezaba en inglés la contra portada del "blister" que lo contuviera un día.
Lo miró con orgullo, más visto lo sucedido anteriormente, lo asió con desconfianza y temor. Aquello no podía suceder. Sin duda era la resaca que le hacía imaginar aviesas intenciones en una sencilla avería, en una cerradura traviesa y peleona dotada además de agudas voces. O acaso era que Clara tenía razón con lo de la avería.
Volvió a la puerta con algo de terror concentrado en los nudillos de los lacerados dedos, aun doloridos y además ahora temblorosos y con los músculos de los hombros y las piernas totalmente agarrotados.
Primero, pacientemente y después con nerviosismo, Intentó desarmar los tornillos que sujetaban la cerradura de tres puntos, y se aseguró de hacerlo correctamente, tal como le enseñaron en un cursillo reciente para manazas reciclados.
Mas estos se resistieron de tal forma que, como si estuvieran soldados antinaturalmente a la madera, o vivos, y así conscientemente actuaran con una fuerza proporcionalmente inversa a la que él les aplicara, aguantaron acerados su rugir y su apretar de dientes empecinado, hasta que sus hendiduras al efecto practicadas crujieron y se astillaron ya inutilizadas para siempre, y la punta se rompió y el cuello del descomunal destornillador se retorció como si en realidad fuera un sacacorchos diseñado por un loco poseído de la estética del más histéricamente convencido daliniano, en lugar de permitir el mínimo giro y antes romperse, como al fin sucedió, por el pomo el destornillador.
Ahora frunció el ceño, máximamente asombrado, más por la magnitud de la catástrofe, sobreponiéndose a lo inesperado e incomprensible de la situación.
Adoptó la actitud y la capacidad de supervivencia e inventiva de la especie humana, que la posibilito evolucionar hasta nuestros días como suprema y golosa depredadora de todo lo animado e inanimado, hasta de las estrellas, y parásita indestructible de la criatura tierra.
De ningún modo el hombre rendiría sus fuerzas ante un sencillo mecanismo de resortes.
Volvió donde la gran caja de herramientas y tras escarbar un rato, rescató un poderoso martillo de mango rojo y barnizado, un cincel reluciente y sin mella con protector de goma incorporado y el flamante taladro y el juego de brocas de alta calidad que fue el amoroso regalo del último día del Padre.
Regresó cargado otra vez ante la maldita puerta y antes de decidirse, la estudió durante un buen rato, cual si fuera un arquitecto puesto en la tesitura inconveniente de construir barato o un bombero condenado a sofocar silencios.
Desesperado, aseguró el poderoso cincel, escarbando las entrañas del marco, desconchando la pintura y la madera alrededor y bajo la cabeza de los tornillos y de los goznes de la puerta, maldita puerta, y con un solemne y repetido y alocado martilleo prolongado, uno a uno los fue decapitando cual si fueran rojas gambas a las que descabezar antes de chuparles las esencias, sorberlas, consumirlas para desechar después sus cáscaras cornudas y grasientas y arrojarlas en el suelo.
Después, cogió el taladro verde y electrónico, de negro portabrocas automático, versión profesional, la más potente, seleccionando equivocadamente la mayor velocidad posible y colocándole una broca dorada y reluciente de novísima invención y aleación ligera de cobalto.
Conectó la clavija a la red eléctrica, sosteniendo el aparato perforador en el aire con una sola mano, como sostienen los Rambos en las películas de acción americanas, sus fusiles automáticos de repetición y munición polivalente e infinita.
Lo probó y notó la vibración y escucho satisfecho el poderoso y hambriento rugido del motor del taladro girando a toda velocidad, agitado y rebosante de potencia entre sus manos.
Lo sostuvo con firmeza y afianzó sus piernas y encogió los huevos, obnubilada la cabeza de súbita prepotencia, y muy mosqueado ante la intrépida misión que le aguardaba.
Con un punzón marcó cada tornillo, mordiendo el centro de su esencia, cual si fueran Miuras terribles y precisaran del caballo la certera puya en una labor perfecta, además de inspiración torera, antes empezar la faena.
Apuntó con ansiedad la broca sin rasguños y oprimió el botón de la máquina taladradora con atención y fiereza contenida.
Perforó sin piedad el alma de cada tornillo, hasta dejar retorcidos, yacentes y sin vida los gozne cruelmente asesinados, atravesando además y por si acaso quedara alguna duda, el marco y la pared, llenando el suelo de metálicas virutas, madera herida, yeso y ladrillo triturados.
Hizo primero doce agujeros enormes, tres en cada bisagra negra, y la emprendió después, ya jubiloso, con la mirilla, con los cuadros de barroco relieve grabados en la madera de la puerta, la cerradura, la manilla de latón, y hasta con el dispositivo de seguridad y su cadena, aunque ésta colgase inerme y abierta, en mil incisiones redondeadas y perfectas, hasta que percibió de muerte herida a la exhausta puerta terriblemente perforada, mas parecida ya a la rejilla de un confesionario medieval aunque cotidiano, que a la sólida y acerrojada cancela hecha fortaleza que antes le pareciera.
Cuando dio por terminada la contienda, se sintió cual Josué tras derribar de Jericó las murallas, solo que con taladro en lugar de trompetas, y después de contemplar ya inerme a la vencida puerta se apercibió de la luz que asaeteaba su cuerpo y el resto de la estancia con millones de motas divertidas y polvorientas, habitando los cuerpos de las flechas inflamadas que se colaban por los abiertos agujeros recién construidos, y todo lo atravesaban hasta clavarse en la pared.
Y sintió como una cierta borrachera que le henchía de orgullo ante tan descomunal batalla.
Y supo que finalmente había venció.
Sudoroso respiró satisfecho y auto conplacido, cual Cid moderno y solitario, invicto ante la barbarie más abyecta, y dándole con todas sus fuerzas una descomunal patada en el bajo vientre a la maldita puerta, esta cayó hacia dentro con ensordecedor estruendo, entre estertores lastimeros antes de proferir un último gemido, ya derrotada y muerta, llenándose al instante el recibidor de la arena de la playa, de las amarillas flores otoñales y de toda la poderosa luz del sol de una mañana de un sábado claro y silencioso de finales de Septiembre.
Y victorioso, traspasó el marco y salió a fuera.
Y saltó a la arena de la playa.
Y se llamaba Javier.
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